martes, 3 de agosto de 2021

Un mural para quedarse. Por Viviana Vallejos

 

UN MURAL PARA QUEDARSE

Viviana Vallejos

 

 

“General La Madrid limita al norte con Daireaux, al noreste con Olavarría, al este con Laprida, al sudeste con Coronel Pringles y al oeste con Coronel Suárez”, dice Wikipedia. Nunca estuve en esa localidad del sur de la Provincia de Buenos Aires  - y del resto de las nombradas por la enciclopedia online solo conozco a Olavarría - , pero,  Silvia Lucero nació y se crió en ese punto del mapa bonaerense (ella lo nombra mi pueblo) y prácticamente no salió de ahí hasta que tuvo edad suficiente para largarse a la capital a estudiar en la universidad. Y así fue que llegó a La Plata hace más de una década, de la que también se fue rumbo a la Capital Federal con un título de Licenciada en Artes Plásticas bajo el brazo. Mientras hizo las veces de porteña —aunque la tonada la lleva tatuada en la voz— vivió en departamentos, trabajó en museos, participó en muestras, ganó concursos de pintura y hasta tuvo sus minutos de fama en los noticieros y el mundillo del arte local: su estatuilla de yeso de la Virgen María (María Abortera) con el pañuelo verde pintado en su rostro fue un símbolo fuerte de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal.

 

Pero un buen día del año pasado, en plena pandemia, sacó los pasajes, hizo las valijas y con su novio (también lamadritense) se tomó el micro que la dejó, otra vez, en su pueblo, a 450 kilómetros del centro porteño. Fue en diciembre, dice, para Navidad, y todo empezó con la expectativa de siempre: quedarse un mes, pasar las Fiestas, agregarle a eso unos días más y después volver. Sin embargo, el tiempo detenido de la pandemia le trastocó los planes y le cambió el rumbo a sus proyectos. El árbol de Navidad, los fuegos artificiales de Año Nuevo y los zapatitos de Reyes se fueron y ella no regresó a la ciudad de la furia. Para entonces llegó la temporada de Carnaval y le hicieron una propuesta que no quiso rechazar: el secretario de Cultura le encargó un mural para los festejos del aniversario de La Madrid. “Como porque no iba a haber corso, una fiesta que acontece todos los 14 de febrero, se iban a hacer algunas intervenciones artísticas en las calles y me preguntaron si me interesaba”, dice. Le pidieron, entonces, un boceto de lo que quería pintar, y , además,  que presentara un presupuesto para los materiales y demás gastos. “Pedí un cañón porque en lugar de dibujar quería proyectar la imagen del boceto para arrancar, y pedí una escalera, algo básico”. Acordó, además, un trabajo terminado para la fecha del aniversario.

No conozco La Madrid más que por su nombre, como ya dije. Mientras Silvia me contaba a la distancia y por Whatsapp sobre su trabajo, la curiosidad apareció como una picazón. Busqué en Internet imágenes y la primera que se presentó fue como un prólogo: el arco de ladrillos grises de la entrada, que se extiende por encima de la línea recta de la ruta 86. Su letrero anuncia el nombre de la localidad en imprenta minúscula sobre un fondo turquesa, y unas aves geométricas algo cubistas y coloridas se dibujan en cada extremo. También en la búsqueda apareció un edificio: una estación de tren antigua, con tejas rojas y puertas verde inglés. Y un balneario municipal bordeado por el arroyo Salado, que por el modo en que fue tomada la fotografía me recordó a Tarde de domingo en la isla de la Gran Jatte, la pintura de Georges Seurat, excepto que en esta foto no había personas vestidas como en el siglo XIX sino en shorts y musculosas.

“Había calculado tardar dos semanas”, dice Silvia. En ese lapso de tiempo fue todas las mañanas —con una mochila que contenía su termo caliente y su mate—, incluidos sábados y domingos, y trabajó alrededor de diez horas por jornada. “Me dejaron elegir la pared y, en principio, me había gustado una en el Barrio Chino, mi barrio, de atrás de la vía. Pero justo esa no tenía techo y no se sabía bien si tendría futuro o si la tirarían abajo. Entonces encontré otra a dos cuadras de la casa de mis viejos: lisa y perfecta para pintar”. Durante esos días se quedó a dormir en la casa de su infancia: “Me armé un carro con rueditas de aluminio, de esos para cargar bolsos y ahí tenía mi caja de pinturas (diez latas de un litro), una paleta, varios tarritos, agua, pinceles, trapos y una cartuchera”. Y agrega: “Le pedí a la vecina de enfrente si me dejaba por favor guardar la escalera para no tener que llevarla y traerla todos los días”.

 

Silvia es una artista que revisita los íconos religiosos en clave pop y en sus pinturas incorpora, además, resonancias de la lucha política de los últimos años. Tiene una serie basada en los óleos de Cándido López sobre la Batalla de Curupaytí en la que narra la represión de la toma del Parque Indoamericano, y otra sobre escenas icónicas de las revueltas populares de Latinoamérica, como las que se vieron en Bolivia frente al golpe o las manifestaciones estudiantiles y el estallido social en Chile. Para pintar este corso primero se acercó una noche a hacer la proyección que fue el paso inicial para la materialización de su mural. “Hice el dibujo, lo abrí en una computadora conectada al proyector y marqué en la pared , con el pincel,  todas las líneas. Después seguí pintando sin proyectar, solo me guié por las fotos originales y el boceto”. La técnica que utilizó la trajo de un campo afín y suele usarla con regularidad: “Sé que lo usan mucho los hiperrealistas, porque de ese modo copian hasta el último detalle de la foto proyectada. Pero hay un documental que se llama El maravilloso secreto de David Hockney en el que este artista cuenta su teoría sobre cómo ya en el Renacimiento los artistas usaban la cámara oscura para proyectar, y fue ahí cuando descubrieron cómo representar el espacio a través de la perspectiva”.

 

En el mural de Silvia hay una serie de protagonistas: una niña con espuma de carnaval; un hombre con traje azul de soldado de otras épocas; un muchacho con una mochila y una remera del Gauchito Gil; una persona disfrazada de anciana con una pollera que le llega a los pies y un pañuelo que le cubre la cabeza; una carroza en forma de avestruz que asoma desde el fondo. Le pregunto si estas imágenes provienen de su imaginación y me responde que no. “Si hubieras venido alguna vez a un corso de La Madrid te hubieras dado cuenta enseguida. Para hacerlo pensé en cómo los recordaba de chica: la imagen que tengo es la de un amontonamiento de gente con mascaritas, personas disfrazadas de señora, unas figuras extrañas que pasaban rápido y en simultáneo y hasta me daban un poco de miedo”. La idea principal era agregarle a ese corso de mural un poco de drama. La mascarita que está en primer plano, que tiene la remera del santo popular, es la que simboliza los corsos del Barrio Chino que tantas veces vio. “A ese personaje no lo saqué del corso, pero sí al resto: los tomé de unas fotos del carnaval real. La gente que había participado se reconocía y mientras lo estaba pintando algunos se empezaron a contactar y avisarse entre sí”.

Finalmente, el municipio organizó una especie de corso ambulante para los festejos de los 131 años de General La Madrid. La gente salió a sus veredas para verlo pasar y de esa manera cuidaron la distancia social y no se amucharon en las calles. Mientras eso pasaba, Silvia debía terminar de decidir sobre su destino. Si quedarse o volver, como dice la canción de The Clash. “Nos instalamos en una casita de dos ambientes que está en la entrada del campo de mis suegros. Desde la silla de la cocina donde nos sentamos se puede ver el amanecer, y en la otra ventana de la pieza, todo el cielo cuando atardece. Esas cosas nos gustaron y la idea de vivir acá fue creciendo. Sobre todo si pensábamos que el año pasado estuvimos encerrados todo el año”.

Cuando la tarea titánica del mural ya había terminado, el secretario de Cultura volvió a tomar contacto con ella pero esta vez le ofreció armar y dictar un taller de pintura para chicos en el Complejo Cultural. “Me salió un laburo y dije: me quedo”, explica. Solo le restaba renunciar a los cargos docentes que tenía en capital, abandonar su vida artística porteña que había quedado en suspenso, traer el resto de los muebles y oficializar la mudanza.
Por mi parte, mientras terminaba de escuchar los mensajes de Silvia, miré unas más fotos de ese último Carnaval sin corsódromo: había una carroza con la forma topográfica de General La Madrid, moños de tul que adornaban los perímetros y unas luces que iluminaron los tres números del cumpleaños. También había una de unos muñecos: futbolistas, tenían la camiseta de la selección argentina y paseaban por las calles
, contentos y divertidos, montados a una moto. Entre los dos llevaban una enorme jeringa con el nombre Sputnik V.

 

 

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS

Licenciatura en Artes Audiovisuales

Seminario: "Escribir sobre temas de arte: instrumentos teóricos y procedimentales" Docente: Carla Ornani

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