UN MURAL PARA QUEDARSE
Viviana
Vallejos
“General La Madrid limita al norte con Daireaux, al noreste con Olavarría, al
este con Laprida, al sudeste con Coronel Pringles y al oeste con Coronel
Suárez”, dice Wikipedia. Nunca estuve en esa localidad del sur de la Provincia de Buenos Aires - y del resto de las nombradas por la
enciclopedia online solo conozco a Olavarría - , pero, Silvia Lucero nació y se
crió en ese punto del
mapa bonaerense (ella lo nombra mi pueblo)
y prácticamente no salió de ahí hasta que tuvo edad suficiente para largarse a
la capital a estudiar en la universidad. Y así fue que llegó a La Plata hace
más de una década, de la que también se fue rumbo a la Capital Federal con un
título de Licenciada en Artes Plásticas bajo el brazo. Mientras hizo las veces
de porteña —aunque la tonada la lleva tatuada en la voz— vivió en
departamentos, trabajó en museos, participó en muestras, ganó concursos de pintura
y hasta tuvo sus minutos de fama en los noticieros y el mundillo del arte
local: su estatuilla de yeso de la Virgen María (María Abortera) con el pañuelo verde pintado en su rostro fue un
símbolo fuerte de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal.
Pero un buen día del año pasado, en plena pandemia,
sacó los pasajes, hizo las valijas y con su novio (también lamadritense) se
tomó el micro que la dejó, otra vez, en su pueblo, a 450 kilómetros del centro porteño.
Fue en diciembre, dice, para Navidad, y todo empezó con la expectativa de
siempre: quedarse un mes, pasar las Fiestas, agregarle a eso unos días más y
después volver. Sin embargo, el tiempo detenido de la pandemia le trastocó los
planes y le cambió el rumbo a sus proyectos. El árbol de Navidad, los fuegos artificiales de Año Nuevo
y los zapatitos de Reyes se fueron y ella no regresó a la ciudad de la furia.
Para entonces llegó la temporada de Carnaval y le hicieron una propuesta que no
quiso rechazar: el secretario de Cultura le encargó un mural para los festejos
del aniversario de La Madrid. “Como porque no iba a haber corso, una fiesta que acontece todos los 14
de febrero, se iban a hacer algunas intervenciones artísticas en las calles y
me preguntaron si me interesaba”, dice. Le pidieron, entonces, un boceto de lo
que quería pintar, y , además, que presentara un
presupuesto para los materiales y demás
gastos. “Pedí un cañón porque en lugar de dibujar quería proyectar la imagen
del boceto para arrancar, y pedí una escalera,
algo básico”. Acordó, además, un trabajo terminado para la fecha del
aniversario.
No conozco La Madrid más que por su nombre, como ya
dije. Mientras Silvia me contaba a la distancia y por Whatsapp sobre su
trabajo, la curiosidad apareció como una picazón. Busqué
en Internet imágenes y la primera que se presentó fue
como un prólogo: el arco de ladrillos grises de la entrada, que se extiende por
encima de la línea recta de la ruta 86. Su letrero anuncia el nombre de la
localidad en imprenta minúscula sobre un fondo turquesa, y unas aves
geométricas algo cubistas y coloridas se dibujan en cada extremo. También en la
búsqueda apareció un edificio: una estación de tren antigua, con tejas rojas y
puertas verde inglés. Y un balneario municipal bordeado por el arroyo Salado, que
por el modo en que fue tomada la fotografía me recordó a Tarde de domingo en
la isla de la Gran Jatte, la pintura de Georges Seurat, excepto que
en esta foto no había personas vestidas como en el siglo XIX sino en shorts y musculosas.
“Había calculado tardar dos semanas”, dice Silvia.
En ese lapso de tiempo fue todas las mañanas —con una mochila que contenía su
termo caliente y su mate—, incluidos sábados y domingos, y trabajó alrededor de diez horas por jornada. “Me dejaron
elegir la pared y, en principio, me había gustado una en el Barrio Chino, mi
barrio, de atrás de la vía. Pero justo esa no tenía techo y no se sabía bien si
tendría futuro o si la tirarían abajo.
Entonces encontré otra a dos cuadras de la casa de mis viejos: lisa y perfecta
para pintar”. Durante esos días se quedó a dormir en la casa de su infancia:
“Me armé un carro con rueditas de aluminio, de esos para cargar bolsos y ahí
tenía mi caja de pinturas (diez latas de un litro), una paleta, varios
tarritos, agua, pinceles, trapos y una cartuchera”. Y agrega: “Le pedí a la vecina de enfrente si me dejaba por
favor guardar la escalera para no tener que llevarla y traerla todos los días”.
Silvia es una artista que revisita los íconos religiosos en clave pop y en sus
pinturas incorpora, además, resonancias de la lucha política de los últimos
años. Tiene una serie basada en los óleos de Cándido López sobre la Batalla de
Curupaytí en la que narra la represión de la toma del Parque Indoamericano, y otra sobre
escenas icónicas de las revueltas populares de Latinoamérica, como las que se
vieron en Bolivia frente al golpe o las manifestaciones estudiantiles y el
estallido social en Chile. Para pintar este corso
primero se acercó una noche a hacer la proyección que fue el paso inicial para
la materialización de su mural. “Hice el dibujo, lo abrí en una
computadora conectada al proyector y marqué en la pared , con el pincel, todas las líneas. Después seguí pintando sin
proyectar, solo me guié por las fotos originales y el boceto”. La técnica que
utilizó la trajo de un campo afín y suele usarla con regularidad: “Sé que lo
usan mucho los hiperrealistas, porque de ese modo copian hasta el último
detalle de la foto proyectada. Pero hay un documental que se llama El maravilloso secreto de David Hockney
en el que este artista cuenta su teoría sobre cómo ya en el Renacimiento los
artistas usaban la cámara oscura para proyectar, y fue ahí cuando descubrieron
cómo representar el espacio a través de la perspectiva”.
En el mural de Silvia hay una serie de
protagonistas: una niña con espuma de carnaval; un hombre con traje azul de
soldado de otras épocas; un muchacho con una mochila y una remera del Gauchito
Gil; una persona disfrazada de anciana con una pollera que le llega a los pies
y un pañuelo que le cubre la cabeza; una carroza en forma de avestruz que asoma
desde el fondo. Le pregunto si estas imágenes provienen de su imaginación y me
responde que no. “Si hubieras venido alguna vez a un corso de La Madrid te
hubieras dado cuenta enseguida. Para hacerlo pensé en cómo los recordaba de
chica: la imagen que tengo es la de un amontonamiento de gente con mascaritas,
personas disfrazadas de señora, unas figuras extrañas que pasaban rápido y en
simultáneo y hasta me daban un poco de miedo”. La idea principal era agregarle
a ese corso de mural un poco de drama. La mascarita que está en primer plano,
que tiene la remera del santo popular, es la que simboliza los corsos del
Barrio Chino que tantas veces vio. “A ese personaje no lo saqué del corso, pero
sí al resto: los tomé de unas fotos del carnaval real. La gente que había
participado se reconocía y mientras lo estaba pintando algunos se empezaron a
contactar y avisarse entre sí”.
Finalmente, el municipio organizó una especie de
corso ambulante para los festejos de los 131 años de General La Madrid. La
gente salió a sus veredas para verlo pasar y de esa manera cuidaron la
distancia social y no se amucharon en las calles. Mientras eso pasaba, Silvia
debía terminar de decidir sobre su destino. Si quedarse o volver, como dice la
canción de The Clash. “Nos instalamos en una casita de dos ambientes que está
en la entrada del campo de mis suegros. Desde la silla de la cocina donde nos
sentamos se puede ver el amanecer,
y en la otra ventana de la pieza, todo el
cielo cuando atardece. Esas cosas nos gustaron y la idea de vivir acá fue
creciendo. Sobre todo si pensábamos que el año pasado estuvimos encerrados todo
el año”.
Cuando la tarea titánica del mural ya había
terminado, el secretario de Cultura volvió a tomar contacto con ella pero esta
vez le ofreció armar y dictar un taller de pintura para chicos en el Complejo
Cultural. “Me salió un laburo y dije: me quedo”, explica. Solo le restaba
renunciar a los cargos docentes que tenía en capital, abandonar su vida
artística porteña que había quedado en suspenso, traer el resto de los muebles
y oficializar la mudanza.
Por mi parte, mientras terminaba de escuchar los mensajes de Silvia, miré unas
más fotos de ese último Carnaval sin corsódromo: había una carroza con la forma
topográfica de General La Madrid, moños de tul que adornaban los perímetros y
unas luces que iluminaron los tres números del cumpleaños. También había una de
unos muñecos: futbolistas, tenían la camiseta de la selección argentina y
paseaban por las calles,
contentos y divertidos, montados a una moto. Entre los dos llevaban una enorme
jeringa con el nombre Sputnik V.
UNIVERSIDAD
DE BUENOS AIRES
FACULTAD
DE FILOSOFÍA Y LETRAS
Licenciatura
en Artes Audiovisuales
Seminario:
"Escribir sobre temas de arte: instrumentos teóricos y
procedimentales" Docente: Carla Ornani
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