Breve crónica de la génesis
de un colectivo artístico de mujeres
Jimena Medina Aguilar
“Ahora doy clases virtuales desde
mi taller. Tengo mi casa, y mediando un patio, hay un pequeño galpón donde
funciona mi espacio de trabajo. Siempre tuve taller en mi casa; al principio
era un taller con un poco de casa y ahora es una casa con un taller”.
Viernes 10 de julio de 2020. Cinco de la tarde,
cuarentena en Buenos Aires, y Zoom mediante, me encontré con Andrea Moccio. Ella,
artista gráfica y docente, perfeccionada en París y dedicada a la serigrafía
artesanal -como a la edición de libros de artistas-, tuvo que suspender la
muestra de su última obra, Exuvia, montada
en la Usina del Arte ubicada en el barrio de La Boca, por las medidas comunicadas
por el gobierno. El motivo de nuestra charla fue un trabajo para una materia de
la facultad y la entrevista tenía por objetivo mostrar el panorama de los
artistas en esa situación inédita. Con todas las galerías y museos cerrados,
además de las propuestas culturales suspendidas, el campo artístico cultural
argentino y, específicamente el porteño, entraba en un momento crítico.
Cuando me designaron a la artista y leí su
nombre, inmediatamente recordé que, en el año 2008, en Ciudad Universitaria, y
en calidad de recién recibida de diseñadora gráfica, asistí a su taller de
serigrafía artesanal sobre tela. Y una particularidad que me impactó fue su
generosidad para compartir sus conocimientos y la buena predisposición para con
todos los alumnos. Pensé, quizás, que en esos tempranos años de mi primera
profesión, Andrea fue mi referente sin saberlo, ni ella, ni yo. Fue en ese instante, frente a la pantalla, que
até cabos en mi mente y recordé cuando decidí montar mi propio taller de
encuadernación en mi casa. Sin embargo, de eso no le comenté nada.
Cuando mi ansiedad y mis nervios iniciales se
disiparon, le mencioné el antiguo encuentro en FADU y su cara se iluminó al
recordar esos talleres dictados en las aulas del subsuelo. Fue en ese momento
que caímos en la cuenta de cómo eso formaba parte de un pasado que ahora se
veía muy lejano, ajeno y extraño. El sólo hecho de pensar en varias personas reunidas
en un lugar cerrado compartiendo una mesa comunitaria, herramientas y pasándose
un mate, parecía de ciencia ficción.
Según sus propias palabras, tuvo que reinventar
su manera de dar clases como también la producción de su trabajo artístico.
Respecto a lo primero, migró su contenido de taller presencial a una modalidad
virtual ajustando algunos modos y cambiando su punto de vista en relación a la
didáctica: “A partir de esta situación, me propuse a enseñar la serigrafía del
modo opuesto al que la venía enseñando. Desde la experimentación y desde el
error, donde ‘el más o menos es más’
esa es la frase. Son cursos experimentales donde se indaga sobre la imagen. La
serigrafía tradicional, como la venía enseñando, hoy en este contexto no tiene
sentido”.
En cambio, en relación a su quehacer artístico,
la situación fue otra.
La Paternal, barrio porteño ubicado entre lo
que era la zona de monoblocks de Warnes y el cementerio de la Chacarita, fue el
territorio ideal para la génesis de un trabajo artístico colectivo llevado a
cabo por quince mujeres que obedeció al nombre de Proyecto Trasborde. Pero en
el momento de la entrevista aún estaban en plena producción y Andrea no pudo
contarme más, excepto el nombre y cómo eran las reuniones virtuales con sus
compañeras.
“Magia” es uno de los temas del último disco de
Gustavo Cerati que, finalizando la canción, dice: “Todo me sirve, nada se
pierde, yo lo transformo”. Unos meses después de la entrevista vi una
publicación en redes sociales sobre el Proyecto Trasborde. Y lo habían logrado.
Quince artistas de La Paternal transformaron ese aislamiento social e
incertidumbre artística en un conjunto de pequeñas obras contenidas en una caja
de cartón (aquellas que se utilizan para empanadas) serigrafiada por la misma
Andrea. Una idea que buscó trasladar la incertidumbre de la soledad hacia un
proyecto colectivo. La premisa fue trabajar con materiales simples, a escala
reducida, desde el espacio de cada artista, sin presiones, con la idea de
compartir y atravesar, de la manera más amable, el confinamiento. Proyecto
Trasborde fue eso y mucho más. La propuesta despegó de La Paternal y llegó a su
primera muestra virtual en el Museo de las Mujeres de Costa Rica, donde tuvo
una excelente y cálida recepción por parte de los virtuales visitantes.
Luego llegaron algunas entrevistas y, en
noviembre de 2020, pudieron concretar la realización de “El mural de las
mujeres”, ahora sí, en las calles de su amado barrio porteño, en el marco de La
Gran Paternal. Mujeres representadas por mujeres. Construcción de discursos,
historias e imágenes que dejaron en evidencia cómo los vínculos afectivos, empáticos
y productivos de esas quince mujeres sortearon la soledad de la pandemia consolidando
un colectivo artístico.
No volví a tener contacto directo con Andrea
luego de la entrevista, aunque seguí de cerca su trabajo personal y, sobre
todo, colectivo. Proyecto Trasborde superó con creces la instancia de respuesta
activa contra la coyuntura inédita de la pandemia, para instalarse en los
límites de un campo artístico que, muchas veces, se encuentra en fricción entre
lo canónico y lo doméstico. Aunque quizás aquí sea más adecuado sumar la
instancia de “lo barrial”.
Desde La Paternal hacia el mundo, casi sin
salir de casa.
Desde La Paternal todo sirvió, nada se perdió y
esa incertidumbre se transformó.
Crónica producida en el seminario: Escribir sobre temas de Arte: Instrumentos teóricos y procedimentales. Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras. Artes


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