La China, el tiempo y la academia
Patricia Musset
En el principio fue una noticia vaga, difícil de ponderar, acerca de una cierta enfermedad novedosa, que había aparecido en la remota China, un lugar cuyo nombre trae aun hoy ecos legendarios. Algo ocurría, muy lejos de Buenos Aires. Pero esta vez, ese mal misterioso, como una inmensa nube oscura que va ocultando el sol, cubrió, inexorablemente, a todos y cada uno de los habitantes del mundo.
En marzo de 2020 —tarde según algunos, porque la brutal nueva gripe ya se había extendido a decenas de países— se produjo la aceptación oficial por parte de la Organización Mundial de la Salud: estábamos ante un problema de dimensiones inauditas. Declararon una pandemia, la primera después de casi cien años. De este modo, con todo tipo de recomendaciones de epidemiólogos y científicos, internacionales y locales, se fueron dando las dispares decisiones de los gobiernos, con acatamientos intermitentes, aquí y allá, de las nuevas normas de conducta social y los conteos de enfermos y muertos a toda hora, por todo el planeta.
A principios de enero, en mi ahora lejano empleo en una agencia de viajes, empezamos a recibir noticias cada vez más inquietantes: comentarios de pasajeros, rumores, datos sueltos. Pronto llegaron algunos cierres de aeropuertos y ciudades lejanas, con las consiguientes cancelaciones de vuelos y servicios, que, de a poco, afectaban a todos los destinos. Se generaban muchas conversaciones en la oficina, en un grupo y otro —como en la familia, en la calle, en los teléfonos celulares— que tenían, sin embargo, mucho de invención.
— Esto va a pasar más rápido que la crisis del 2001 —escuché decir a uno de los directores de la empresa, un profesional del turismo de toda la vida— Es solo una nueva gripe, que China exagera para contrarrestar las protestas en Hong Kong.
— ¡Pero sí! Seguramente es otra maniobra de los comunistas; lo de las Torres fue gravísimo... y sin embargo la gente en pocos meses empezó a viajar de nuevo. Tenemos que pensar en algo similar a lo que hicimos en 2001, por si fuera necesario mantener el flujo de caja por un par de meses —le respondió el gerente de aéreos.
Las teorías, las conjeturas, las bromas, se multiplicaban, pero nada, o casi nada de lo que pensamos entonces se parece a lo que sucede.
La comunicación oficial emitida en domingo, de que nuestras actividades académicas se volvían virtuales, fue difícil de entender por completo: ¿qué estaba pasando? Pero, sobre todo, era imposible imaginar cómo sería lo que vendría. Vertiginosamente, el mismo lunes 16, en las empresas empezaron a imponer el 'teletrabajo', y el siguiente 19 de marzo, a las 21.17 hs., el gobierno nacional anunció, por primera vez, el «aislamiento social preventivo y obligatorio». Todo aquel que no tuviera una actividad designada como esencial debía permanecer en su casa.
En ese instante, y sin saberlo, cruzamos un umbral y se abrió, para todos, una nueva dimensión temporal. Asunto difícil de abordar el del tiempo. Desde siempre intentamos pensarlo, y desde siempre fallamos, con definiciones incompletas, imprecisas, o que no explican nada. El tiempo es ¡tan propio y tan ajeno! Y ahora sabemos que es aun más difícil de comprender cuando lo organizan sucesos como los provocados por una pandemia.
Un profesor de filosofía política solía decir en sus clases introductorias sobre Hegel, que el gran pensador alemán medía en semestres el tiempo de su matrimonio: los semestres que duraban los cursos de filosofía que dictaba, en su paso como docente por varias universidades. Tal vez era solo una broma o una exageración, con la que intentaba mostrar, en un solo trazo, que a Hegel le importaba más la filosofía que su propia vida. Sin embargo ahora, en retrospectiva, pienso que el profesor Dotti me legó, con este mínimo dato biográfico, algo más importante: develó un recurso para pensar en el tiempo de otra forma, una forma que incluya esas relaciones inestables entre su transcurrir y su medida, los sentimientos y los hechos, las pasiones y las obligaciones.
Aunque el oficio de las ciencias humanas es solitario, los grupos de estudio hacen que la vida académica se vuelva más rica y mejor. En una videollamada por Whatsapp con mi amiga Victoria, en mayo o junio de 2020, charlando sobre la vida, le pregunté por su investigación de doctorado, temiendo que estuviera estancada. Ella trabaja en un equipo grande (al menos para los estándares de la filosofía) dedicado a un filósofo muy influyente.
— Voy bastante bien, considerando todo el trabajo que tengo con la casa ahora —dice— Creo que ayuda el que, desde que empezó la pandemia, nos reunimos cada vez con más frecuencia; eso me obliga a preparar cosas, a enfocarme y dedicarle tiempo a mi investigación.
Acomodó mejor el celular y siguió, riéndose:
— ¡Es increíble! Todos están ansiosos y felices de verse para hablar de filosofía, aunque sea así, de lejos. Hasta algunos integrantes históricos, que mucho no venían a las reuniones en Puan, se suman. Lo viven como un momento de alegría. Gabriel, el que se dedica a temas nuevos y está bastante solo en su investigación, contó el otro día en el Zoom que le da impulso para sus cosas, y varios reconocieron que les pasa lo mismo.
Con el grupo de traducción nos reunimos desde hace muchos años al menos dos veces cada mes, sin interrupciones por calendarios formales. Si bien somos todos de la misma facultad, el grupo se conformó con personas muy diversas, y después de las bajas usuales del primer año —por pérdida de entusiasmo, por exceso de ocupaciones, o por los mil motivos que pueden llevar a alguien a dejar una actividad tan singular como la traducción grupal de textos medievales— la diversidad se concentró más entre los que quedamos: procedencias, intereses, edades, creencias, en fin, cada uno es un mundo distinto. Aunque, claro, hay por lo menos dos cosas, muy importantes, que nos unen, además del amor por el latín: una inagotable curiosidad por todo, y una manera caótica de aproximamos a nuestra tarea... y también, si lo pienso mejor, a la vida en general.
De manera que, a pesar de las diferencias y del ritmo de trabajo que nos imponemos, siempre le dedicamos tiempo a hablar de lo que nos pasa en la vida. Y el COVID-19 nos llamó la atención. En enero de 2020, apenas supimos lo de Wuhan, empezamos a hablar del tema. No sé bien por qué pero, de inmediato, lo que estaba ocurriendo con esa especie de gripe que se propagaba rápido y que los chinos enfrentaban con cuarentenas masivas, nos lanzó a toda clase de discusiones, porque, como siempre nos pasa, cada uno tenía un punto de vista distinto. Mientras dos decían, con firmeza, «esto es todo un engaño», los tres restantes éramos más cautos, aunque tampoco coincidíamos del todo entre nosotros. Sobre todo Emma, que viaja mucho a Alemania para ver a su hermana y sobrinos, de inmediato vio problemas en su horizonte: «los aeropuertos van a ser más insoportables todavía, si ahora tienen que agregar controles de salud». Gloria, en cambio, que también viaja mucho por sus clases e investigaciones, opinaba que hay cosas que China puede manejar de maneras que Occidente no puede, así que restringir los viajes le parecía algo difícil de imponer.
— No sigamos con esto, es imposible —dijo Emma en la tercera o cuarta reunión virtual.
Estábamos los cinco luchando por encontrar una cita de Tito Livio, mientras Zoom se volvía a caer, porque habían pasado los cuarenta minutos gratuitos. Tardamos unos minutos en conectarnos de nuevo todos; la amarga declaración de derrota nos había
golpeado, porque era un sentimiento que venía teniendo secretamente cada uno, pero ninguno había declarado.
— No podemos dejar el libro por la mitad —dijo Mercedes, suplicante— ¡Sigamos, por favor!
— Tal vez quieran esperar a que pase la pandemia y retomamos —dijo irónicamente Boris.
Ponerlo en palabras fue determinante. Nos dimos cuenta de que no estábamos dispuestos a dejar los proyectos. Solo teníamos que encontrar la manera. ¿Y otra plataforma? Simplemente. Lo discutimos un rato, y a Mercedes, que es una gran gamer, se le ocurrió que no era indispensable vernos. Solo hacía más incómodo el manejo de diccionarios, textos comparados y demás herramientas. Así que nos pasamos a Discord, donde tenemos reuniones con excelente calidad de audio y un chat, para escribir lo que haga falta, que nos da mucha flexibilidad. Ahora mismo, menos de un año más tarde, estamos llegando al final de la traducción, y a punto de empezar con el siguiente texto de la colección.
Con el grupo de estudios filosóficos, en cambio, nos reuníamos una sola vez por mes, a veces menos, desde hace varios años. Eso nos permitía preparar la lectura de los textos a discutir y atender todas las demás actividades personales. Además, habíamos tenido que adaptarnos a que el director del proyecto, por su mudanza al interior del país en 2018, coordinara las reuniones en función de sus frecuentes viajes a Buenos Aires. Quizás porque es un grupo más homogéneo, quizás porque las presiones —tanto las individuales como las del mismo equipo— pasaban por cosas más urgentes, o tal vez porque el verano de 2020 decidimos tomarlo como descanso, la cosa es que en ese grupo hablamos muy poco de la pandemia. Antes de las medidas de aislamiento obligatorio, casi no tocamos el tema, y así seguimos después.
Sin embargo, eso no hizo que fuera más fácil adaptarnos a lo nuevo. Nos organizamos rápido, tal vez porque el director es un tipo muy práctico: arrancamos, virtuales, en marzo, por Meet. Las primeras reuniones fueron bastante caóticas, porque tuvimos que aprender que la virtualidad no permite conversaciones tal como las conocíamos. Todo iba bien mientras alguien leía o exponía y los demás escuchaban, pero apenas surgía una pregunta o comentario, todo se volvía ininteligible. Igual, pensábamos todos, es por unos meses...
A pesar de las cuestiones técnicas, por primera vez en la vida del equipo, empezamos a tener reuniones más frecuentes, cada quince días. Probamos varias plataformas y vamos cambiando, nos sigue desesperando la baja de intensidad de la señal, pero en estos largos meses salieron publicaciones; se completaron los dos proyectos que estaban en marcha y se confirmó uno nuevo, con libro y jornada internacional en preparación para septiembre; un compañero se doctoró y otro obtuvo una maestría. Nadie falta a las reuniones, esté donde esté. Surgieron participaciones de algunos de los integrantes del equipo en charlas y seminarios en Turín, Porto Alegre, México o Praga, a las que todos nos conectamos, casi como una hinchada. La vida virtual tiene esta posibilidad de ubicuidad.
— Es que consolidamos un equipo imbatible, las circunstancias nos fortalecieron —dice la codirectora de los proyectos.
— No te agrandés, tal vez sea solo desesperación —dice el director, serio y sin ironía alguna.
Las cursadas son otra cosa. Cursar una materia a distancia, mirando una pantalla, es una experiencia cambiante, tanto para los alumnos como para los docentes. Es que la vida de las aulas, la del patio central, la de las bibliotecas, y, hay que decirlo, la vida en los bares de los alrededores, es difícil de comparar con la virtualidad.
Por suerte desde hacía algunos años se había empezado a utilizar, aunque sin concitar grandes entusiasmos, un campus virtual. Hasta el momento, se había usado, más que nada, como una especie de reservorio de bibliografía digital para muchas materias, y aunque estaba abierto a todas las cátedras de todas las carreras, solo algunas hacían algo con esa herramienta. Pero para este giro de la suerte, el campus fue un gran aliado porque, quién más quién menos, ya lo sabíamos usar; se agregó el aprender aceleradamente a manejar, lo mejor posible, toda clase de herramienta virtual, todas con marcas en inglés: Zoom, Meet, Teams, Jitsi, Skype, YouTube, GoogleDrive, WeTransfer, y un largo etc.
Las anécdotas se acumulan. En el segundo cuatrimestre del 2020 se supo que la titular de una materia (¿por las redes? ¿confió en alguien que no guardó el secreto? no pude precisar la fuente) tenía fobia a las cámaras. Fobia a las cámaras y a las grabaciones. Como es una materia que se dicta una sola vez por año calendario, la cátedra no tuvo más remedio que resolverlo, así que recurrieron a varias estrategias. Los teóricos se cargaban en el campus virtual cada semana, puntualmente, por escrito; teóricos enriquecidos por el trabajo adicional que la profesora hizo, compensando en algo la ausencia de contacto. Los ayudantes dieron buenos prácticos virtuales sincrónicos, cada uno en su campo de especialidad, que además quedaban grabados; así, una de las profesoras, que quedó inmortalizada arreglándose el maquillaje cuando la cámara ya había empezado a grabar, nos dijo en la primera clase: «¡Nunca pensé que iba a pasar: por fin soy youtuber!».
Los idiomas fueron otra fuente de incidentes variados, dada la naturaleza del trabajo. Por tomar solo un ejemplo: una de las profesoras, en el Meet de la semana, para justificar la horrible calidad del texto en pdf que penosamente ofrecían para usar, no pudo contenerse y, casi al borde de las lágrimas, contó que tuvieron que resignarse, después de discutirlo mucho, al tortuoso proceso de escaneo de todo el material, buscando el mejor ejemplar entre los personales, todos muy gastados. Es que muchos de los textos que usan las cátedras se venden en la oficina de publicaciones de la facultad, que cerró a cal y canto en marzo de 2020 y nadie tiene acceso a nada de lo que hay allí.
En las clases prácticas de una materia clave de la carrera, en el primer cuatrimestre virtual de cursadas de nuestras vidas, tuvimos al hijito de la profesora en pantalla, buscando, lloroso, un libro junto a su mamá; a un compañero, que dejó su micrófono abierto sin darse cuenta, conversando por la ventana con un vecino; a una compañera que lamentó, conmovida, no poder compartir con nadie el mate. En la virtualidad las cosas de todos los días se confabulan para mostrarse inadvertidamente y en las pantallas apareció de todo: el que pasa en pantalón corto detrás del que habla, una voz infantil que pide algo, la pared blanca que se oscurece o la puerta de calle que se abre; lo que no debería verse está justo ahí, sin consentimiento alguno del usuario; se siente como si los objetos reaccionaran a la invasión constante de sus espacios, esos en los que antes se mantenían libres de presencias por al menos algunas horas al día.
Como en el relato sobre Hegel, me descubro a mí misma pensando esta pandemia en raros bloques de tiempo, relativos a la duración de acciones y pasividades, dentro de un marco invariable de quietud general: los tres cuatrimestres con un verano en medio de las cursadas; el semestre que duró el trabajo remoto para mi empleo de muchos años, hasta perderlo; los trimestres de las estaciones —va una primavera y un verano, dos otoños y casi dos inviernos—; los bimestres de los parciales; los meses de pagar las cuentas; las semanas de cargar heladera y despensa; el eterno período casi ininterrumpido de ausencia de lo presencial, como le decimos ahora.
Se trata de seguir, con terquedad, en este viaje, que se ha vuelto extraño, un viaje de ensimismamiento, a la vez que de descubrimiento. ¿Se puede decir que como todos los viajes? Tal vez... sí, se puede; pero este es inaudito, porque es un viaje inmóvil: es difícil y engorroso desplazarse, y gran parte de lo que es más humano se juega, paradójicamente, en las posibilidades que ofrece la tecnología de la comunicación.
Y esto me lleva a pensar en uno de los problemas relativos al tiempo, de lo más extendido durante este período: circula una curiosa certeza de que se pueden hacer más cosas que las que hacíamos antes, aunque se trate de cosas nuevas y distintas. Un engaño que tal vez provenga del esfuerzo invertido en reprimir algunos pensamientos, con la intención de llenar cada instante de obligaciones que mitiguen las preguntas y los temores, de acciones que aplaquen la incertidumbre.
Necesariamente, esa manera de ver el tiempo se combina con otra, la de la urgencia, y ambas se potencian. Porque como me explicaba en una charla del verano, mi amiga Lucía, profesora de psicología en Lomas de Zamora, mientras la pantalla la mostraba sujetando, fuerte, con las dos manos, una enorme taza roja llena de café: «Lo que ocurre es que cada vez que pasa algo así, todos suponen que las cosas van a volver a ser como antes muy pronto, todos confían en que es un esfuerzo momentáneo, es como una negación protectora», decía mientras me miraba seria, un poco triste, «y lo que pasa, en realidad, con todas las catástrofes, es que nunca nada vuelve a ser igual».
La creencia de que se vuelve a lo anterior, aunque solo tomemos, en el recorte que intenta esta crónica, la vida académica, no se confirma: ya van cuatro cuatrimestres de cursos virtuales (incluyendo los de verano), y el próximo está asegurado con el mismo formato. A esta altura de los acontecimientos, se empieza incluso a afianzar lo que me advertía Lucía: habrá cambios. La universidad está considerando pasar a un sistema nuevo, en el que, sin dejar de tener las clases y actividades que hubo siempre, haya una oferta concreta de espacios virtuales permanentes.
De nuevo, el tiempo. Solo su paso dirá si los cambios propuestos van a ocurrir, si van a durar, qué formas van a tener en la práctica, cómo y con qué recursos materiales se van a implementar. Hoy, a más de un año y medio de la irrupción del COVID-19 en nuestras vidas, hay momentos en que el cambio profundo que nos trajo a lugares desconocidos y que todavía estamos explorando —dentro y fuera de nosotros mismos—, este vivir en pandemia, nos parece irreal. Tan irreal como aquellas crónicas sobre imperios, inventos, épicos viajes y sabios venerables que Marco Polo trajo de China.
Crónicas del tiempo detenido
Seminario "Escribir sobre temas de arte"
Prof. Carla Ornani
FFyL, UBA, julio 2021