sábado, 14 de agosto de 2021

Como luciérnagas atrapadas en la red. Por Julia Filippone


 

Como luciérnagas atrapadas en la red.

De cómo mantener viva la luz a pesar de la sombras

Julia Filippone

 

-Cuánta falta nos hacía esto!

Es la frase que cada boca pronunció aunque a veces reformulada, durante toda la tarde que duró la intervención sobre el frente del taller de Valeria Bellusci.

Lo que hacía falta era reencontrarse, verse sin una pantalla oficiando de encuadre, de recuperar la tercera dimensión. Algunos nos veíamos por primera vez en “corpóreo”, otros nos reencontramos de años anteriores. Con los más audaces, los más queridos, nos abrazamos sin sacarnos los barbijos y con las caras lo más lejos posible. La sensación de volver a la vida, de haber sobrevivido al naufragio, el deseo de darnos calor en las heridas que dejó el 2020 es más fuerte que el respeto por los protocolos.

Durante este último año todo cambió, mutó, menos la emoción y la búsqueda del acercamiento colectivo con la imagen como pretexto.

La clínica de ensayo fotográfico de Valeria Bellusci reúne en diferentes horarios a grupos de entre 10 y 14 personas que esperamos, minutos antes del comienzo de cada encuentro, el mail con el link para acceder vía zoom. Cabe destacar que la elección de la palabra encuentro no es una casualidad, ya que cuesta pensarlo como clase. En pnademia el espacio se fue convirtiendo en uno horizontal, donde si bien la voz cantante es la de Valeria, el resto del grupo acompaña, contiene, opina, devuelve cuando alguien muestra sus fotos. Quien muestra su trabajo abre su corazón mientras comparte la pantalla y se entrega a la red colectiva, recibe los mimos y los pellizcos y al salir de cada reunión acomodará como pueda lo vivido para volver a empezar y reencontrarse en una semana. Antes nos volvíamos conversando, compartiendo el subte, la bicicleteada, el colectivo o alguna compañera nos acercaba con el auto. Hoy salimos del conjuro apretando el botoncito rojo que reza “salir de la reunión” y seguimos con el resto del día o preparamos la cena, dependiendo el horario que hayamos elegido.

Las interrupciones en la conexión, los muteos de micrófono involuntarios, conocer el interior de las viviendas y hasta miembros de las familias de los compañeros, son el pan del día desde hace poco más de un año. La pandemia nos puso la mano en la cara y nos arrojó a nuestras casas, apenas nos permitió encontrarnos durante dos semanas. En ese par de encuentros se percibía la extraña luz que anuncia el apocalipsis: el mate ya no se compartía y todos nos pasamos a la individualista taza de café o de té, no sabíamos muy bien qué venía pero algo ya nos amedrentaba. Los comentarios sobre cómo la peste asolaba a Europa y parecía acercarse a nosotros invadía cada charla mientras fumábamos un cigarrillo en el jardín.

El último jueves que presenciamos el taller nos volvimos en bicicleta con una colega, respirando el aire de la noche de mediados de marzo, sin pensar que sería la última vez hasta nadie sabe cuándo.

Por eso este reencuentro en marzo de 2021, con las caras marcadas por la cuarentena eterna, las orejas más asomadas por el uso de los barbijos, resulta una caricia que nos pone eufóricos.

Nos trepamos por turnos a las escaleras con los pinceles y los tachos de engrudo para ir colocando con tanto amor y compasión las imágenes que seleccionamos de cada participante del taller para imprimir y con ellas cubrir el frente de la casa de Bellusci.

Nos cuidamos:

-Si te cansás bajá que yo sigo!

-Renata, vos tenés vértigo, bajate que yo voy yo!

-Llegás? Mirá que Juan es más alto, querés que suba él?

-Estás bien con ese pincel? Acá hay otro mejor que trajo Silvia!

-Esa es Kity?! Ay, la hacía más baja!

 A medida que van llegando los compañeros nos sorprendermos, la contexturas físicas son un misterio para quienes sólo nos conocemos hasta la línea media del pecho, o lo que alcance a tomar cada web cam. Ahora intercambiamos medio pecho por media cara, las bocas nos las tapan los barbijos. A pesar de eso, todos sonreímos emocionados para las fotos donde registramos la pegatina.

Las postales de cierre de año anteriores son bien diferentes, nos encuentran en el jardín de Valeria en pleno verano, proyectando los trabajos sobre una tela blanca, oliendo las plantas de su enorme jardín. Después bailamos, nos emborrachamos, celebramos haber pasado juntos otro año.

Además del mural colectivo también nos reunimos en los textos y autoeditamos un fanzine donde cada uno declara sus principios, elabora un manifiesto alrededor de su amor a la fotografía.

Vale escribe:

“Trabajarás con la duda y la incertidumbre, mejores amigas al principio.

La vida te da el material y la imaginación el resto.

Escuchá con los ojos.

Cuando tenemos una buena cantidad de fotos invocamos a Lydia Davis: Cabeza! Ayuda a corazón!”

Todos participamos, nos leemos, nos emocionamos. Nos llevamos a casa uno o varios ejemplares. Nos queremos.

Encontrarnos otra vez nos confirma el valor de este espacio, de esta construcción de familia donde todos llevamos los mismos apellidos: imagen, entrega, confianza, coraje.

-Al principio no atinaba, sentía que las clases eran un embole, que el taller se iba a pique y ahora están todos acá. No tengo palabras!

Valeria nos mira, nos saca fotos, le sacamos fotos a ella, nos sacamos fotos juntas, registramos en video, somos todos cumpleañeros felices de encontrarse con sus amigos.

Corren las latas de cerveza, los litros de engrudo, las charlas sentados en la vereda mirando cómo la gente pasa y mira el crecimiento del mural. Pensamos alternativas para encontrarnos en espacios abiertos, con fotos impresas en papel, cada tanto, cuando extrañemos los cuerpos. Todo sigue latente, más abollado pero vivo.

Nos adaptamos, la pasamos, sobrevivimos. Nos empujaron al abismo pero rebotamos y hoy nos volvimos a encontrar.

Llego a casa con una sonrisa, con el corazón gordo. Voy hasta la biblioteca y busco Proximidad del Amor, de Tracey Emin y busco, para que me haga compañía y traduzca en pocas palabras lo que sentí durante todo el año y sobre todo esta tarde.

La encuentro, subrayada varias veces y agradezco, otra vez:

“El Arte ha sido mi mejor amigo y mi guía espiritual, y en los peores momentos de mi vida me ha levantado del piso y me ha cuidado.

Gracias, arte, te amo.”

   Escribir sobre temas de Arte: Instrumentos teóricos y procedimentales

  Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras

  Carrera: Artes

 

 

 

 

 

 

El Arte detenido. Por Laura Martina Bragagnini

 

 

El Arte detenido

Laura Martina Bragagnini

 

Ya había dado por finalizada la jornada cuando mi amiga Lucia me escribió aquel jueves de febrero por la noche. El estado de alerta se había convertido en una constante; cualquier mensaje o noticia que recibiese podía tener dos connotaciones: mala o peor. Yo estaba en mi casa y, por decisión propia, había decidido aislarme, en parte debido a un virus que azotaba al mundo, en parte porque no existía la posibilidad de vacacionar, en parte porque ese verano estaba preparando dos finales de la facultad.

– Laura, ¿estás? Menos mal que no viniste. Acá pasó algo terrible.

–Lucía ¡¿Qué pasó?! ¡¿Estás bien?! 

–Sí, de casualidad. Cayó la policía, cerró el lugar y se llevaron detenidas a varias personas. Vinieron con la peor predisposición.

 El 2020 fue el año en el que el mundo cayó –nuevamente– en desgracia. Esta vez, fue escenario de una catástrofe sanitaria causada por la propagación del virus SARS-CoV2, también llamado COVID-19 o Coronavirus. Se originó en el centro de Wuhan, capital de la provincia de Hubei en China y se expandió de forma exponencial por todo el mundo, conforme pasaban las semanas. Los sistemas sanitarios de todos los países no daban abasto, no sólo por lo altamente contagioso del virus, sino también por las complicaciones en el sistema respiratorio producidas en los infectados. La población del mundo sufría por igual la llegada de una enfermedad que se llevó consigo cientos de miles de vidas, afectó el bienestar de los que aún seguían vivos, produjo el cierre de las fronteras, obligó a las personas a confinarse en sus casas durante un periodo de tiempo y paralizó el mercado global, cuyo cimbronazo desestabilizó la economía de todos los países y dejó desangrando a aquellos en vías de desarrollo. La cercanía con la muerte, el temor al contagio, la preocupación ante un nuevo peligro, la incertidumbre, el desconocimiento de la genérica del virus, las ideas conspirativas y la carrera a contratiempo en busca de una cura dieron la bienvenida al comienzo de la segunda década del siglo XXI. Una nueva construcción de sentido se producía sobre la marcha, con sus avances, estancamientos y retrocesos. La normalidad como se conocía había cambiado radicalmente, a tal punto de que muchos dejaron de esperar su pronto regreso.

El estado de alerta llegó al país los primeros días del mes de marzo de 2020, cuando se registraron los primeros casos de COVID-19 en territorio nacional. El presidente de la Nación Alberto Fernández decretó una cuarentena estricta conocida oficialmente como Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio que comenzó a regir desde el viernes 20 de marzo a las 00:00, hasta el 31 de marzo, con el cierre total de todo tipo de actividades, salvo aquellas esenciales, como las relacionadas al sistema de salud y al abastecimiento y producción de alimentos. La Argentina atravesó diferentes fases de restricciones y libertades que fueron variando según los números de contagios en cada provincia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires eran los sectores con mayor infectados desde el día uno, una tendencia que no cambió hasta principios de octubre. Las restricciones se extendieron hasta el 8 de noviembre, con foco en las provincias que atravesaban una situación sanitaria compleja, como Río Negro, Mendoza, Tucumán, Santa Fe, Salta, Santiago del Estero, Neuquén, Córdoba y las ya mencionadas. En otras partes del resto del país, las medidas las medidas fueron más flexibles. Los primeros tres meses de ese año la ciudad de Buenos Aires estaba desolada. La gente sólo salía a la calle en busca de alimentos o a trabajar, pese al riesgo que implicaba, ya que muchos de ellos no poseen un trabajo formal. Fue un periodo de meses de espera y paulatinas aperturas, sujetas a la evolución de los casos y el grado de rapidez de los contagios.

Todo rubro que estuviera por fuera de las áreas de primera necesidad había cerrado por tiempo indefinido. El sector cultural fue el más afectado. Los teatros, los eventos culturales, los museos, las galerías de arte, los centros culturales y todo establecimiento acorde al ámbito artístico cerraron sus puertas. La pandemia impuso un desafío y la necesidad de crear alternativas y nuevas propuestas: ciclos de conversaciones entre artistas a través de las plataformas digitales, obras teatrales vía streaming para ver desde la casa, recorridos virtuales de salas, dictado de talleres o cursos online de enseñanza artística, acceso gratuito a los catálogos de arte de muestras pasada y presentes de los muesos.  A finales del mes de octubre, los museos y las galerías de arte pudieron reabrir sus puertas. La Red Argentina de Museos de Arte, organización nacida durante la pandemia, presentó los protocolos de asistencia. Las normas consistían en reservar las entradas de forma online, con un aforo máximo del 30%, es decir, aproximadamente de 10 a 20 personas por turno. Se establecía, además, el uso obligatorio del tapabocas dentro del establecimiento, un recorrido pautado por el museo y una distancia de al menos dos metros por persona. En todas las sala se contaba con dispensers de alcohol en gel o en aerosol. Los servicios de lockers y guardarropas no estaban disponibles. Tampoco se permitían reuniones sociales en la inauguración de alguna muestra, ni ninguna exhibición de arte perfomativo. A pesar de las medidas implementadas, las visitas decrecieron de forma notable, produciendo que algunos establecimientos artísticos y culturales nunca más abrieran sus puertas.

No todas las galerías de arte y centros culturales sufrieron tal suerte, sino que gracias a las medidas implementadas pudieron abrir al público. Sin embargo, la noche del jueves 4 de febrero de 2021 sucedió un hecho que  puso en evidencia el manejo y el control de la pandemia por parte de las autoridades gubernamentales y las autoridades de seguridad bonaerense. Alrededor de las 21 hs de la noche, 6 patrulleros, 3 traffics y 2 cuatriciclos y más de 30 agentes de la Policía de la Ciudad se apersonaron en la galería de arte de la Fundación El Mirador, ubicada en  Brasil 301, barrio de San Telmo, al recibir una denuncia anónima por ruidos molestos y concentración de personas. El personal de seguridad obligó a suspender la reapertura de la galería y a levantar la exposición colectiva de artes visuales, “TEGUMENTO”, curada por Macarena Zimmermann. La Policía bonaerense comenzó a agredir verbal y físicamente a la curadora de la muestra y a Renata Anelli, también miembro de la galería. Impidieron el cierre final del local por parte de uno de los colaboradores de la galería y de su director artístico, Joaquín Barrera, forzándolo a firmar una supuesta contravención que unilateralmente ellos invocaban. La mayoría de los asistentes "se dispersó", pero al  intentar secuestrar los equipos de música de la galería, los policías forcejearon con Macarena y Renata, quienes fueron detenidas por atentado y resistencia a la autoridad. Fuentes policiales precisaron  que la detención ocurrió en virtud del artículo 205 del Código Penal de la Nación Argentina.

La detención de las mujeres duró toda la noche del jueves y fueron liberadas al día siguiente, alrededor de las 13 hs del mediodía.  Tras la liberación, Macarena Zimermann dio su testimonio sobre lo sucedido donde relató en primera persona el maltrato y el abuso de poder por parte de  las autoridades policiales, quienes la detuvieron durante 15 horas, la separaron de su compañera, la trasladaron a varias comisarías de la capital, sin contacto con el exterior ni con la posibilidad de comunicarse con sus familiares y amigos.

Lucía había presenciado casi todo. Los visitantes de la muestra se encontraban en su mayoría fuera del establecimiento y al aire libre. Si alguien quería ingresar debía hacerlo respetando todos los protocolos establecidos. Ante la llegada de la Policía, los presentes estaban dispuestos a levantar la muestra. Se sentía apenada por semejante situación en el marco de apertura de una muestra artística, dentro de un espacio de celebración y  re-encuentro, luego de casi un año de cese de toda actividad cultural. Ambas partes tuvieron un accionar errático, pero sobre todo las autoridades policiales cuyo destrato y comportamiento abusivo empeoraron el panorama. 

Al día siguiente del hecho, la Fundación El Mirador publicó en su cuenta de Instagram imágenes del incidente junto con un comunicado de prensa:

“Desde la Fundación El Mirador queremos expresar nuestro más enérgico repudio al accionar de VIOLENCIA INSTITUCIONAL perpetrado ayer por la Policía de la Ciudad contra nuestra Galería y todes les asistentes en general y especialmente contra le curadore de la exhibición que inauguramos ayer y su compañera quienes fueron salvajemente reprimides, golpeades y torturades.”

Finalmente, el comunicado agregó:

“Queremos destacar que el área de Cultura ha sido durante el último tiempo uno de los más castigados. Es más, Fundación El Mirador estuvo un año sin abrir acompañando uno de los procesos más difíciles de la historia mundial pero comprendiendo la necesidad que tenía el Estado de reforzar el sistema de salud. Sin embargo, una vez que se permitió la realización de exhibiciones decidimos reabrir adecuándonos a los protocolos de apertura exigidos por los gobiernos.”

Joaquín Barrera con un tono menos formal publicó su testimonio en la Revista de Arte digital Jennifer:

“Tengo que confesar que anoche tuvimos miedo. Creo que no soy valiente. No me gusta la policía y nunca me gustó porque pueden abusar, porque son la autoridad pública y saben ejercer la coerción. Teníamos miedo. Es más, tengo miedo. Tienen mi DNI, mi domicilio y mi teléfono. Me amenazaron con “chuparme”. Obvio, tienen armas y el poder de desaparecerte. Eso da miedo (…) Anoche, después de que se llevaron ilegalmente a Maca y a Rena, quisieron amedrentarme y me retuvieron adentro de la galería sin dejarme salir. Tenía terror de que afuera ya no hubiese nadie, de estar solo con esos monstruos. No pude dormir en toda la noche. Tenía miedo por Macarena y Renata. Tenía miedo que las “chuparan”. Las “chuparon” efectivamente.”

El apoyo de una gran cantidad de artistas, una red de organizaciones culturales, “Nosotras proponemos” –Asamblea Permanente de trabajadoras del arte–, red de galerías de arte,  amigos, conocidos y simpatizantes ante lo sucedido se hizo notar en los comentarios de la publicación y gracias a la difusión de la misma para denunciar lo sucedido.

Después de haber hablado con Lucía, fui a prepararme la cena. Encendí la televisión, sintonicé el canal de las noticias y, entonces, recibí otro disgusto. El noticiero daba a conocer las nuevas cifras de contagios, testeos y muertes en la provincia de Buenos Aires. Fue una noche desalentadora.

 

Seminario Escribir sobre temas de Arte – FFyL UBA – Artes – Primer cuatrimestre 2021

 

  Link material audiovisual del incidente en la Fundación El Mirador: https://www.instagram.com/p/CK7SDKLAZ0P/

 


 

 


Efectivos policiales frente a la galería


Detención de una de los miembros de la Fundación El Mirador

 



 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

Entre la incertidumbre y la magia colectiva. Por Jimena Medina Aguilar

 

 Entre la incertidumbre y la magia colectiva

Breve crónica de la génesis de un colectivo artístico de mujeres

Jimena Medina Aguilar

 

“Ahora doy clases virtuales desde mi taller. Tengo mi casa, y mediando un patio, hay un pequeño galpón donde funciona mi espacio de trabajo. Siempre tuve taller en mi casa; al principio era un taller con un poco de casa y ahora es una casa con un taller”.

 

Viernes 10 de julio de 2020. Cinco de la tarde, cuarentena en Buenos Aires, y Zoom mediante, me encontré con Andrea Moccio. Ella, artista gráfica y docente, perfeccionada en París y dedicada a la serigrafía artesanal -como a la edición de libros de artistas-, tuvo que suspender la muestra de su última obra, Exuvia, montada en la Usina del Arte ubicada en el barrio de La Boca, por las medidas comunicadas por el gobierno. El motivo de nuestra charla fue un trabajo para una materia de la facultad y la entrevista tenía por objetivo mostrar el panorama de los artistas en esa situación inédita. Con todas las galerías y museos cerrados, además de las propuestas culturales suspendidas, el campo artístico cultural argentino y, específicamente el porteño, entraba en un momento crítico.

 

Cuando me designaron a la artista y leí su nombre, inmediatamente recordé que, en el año 2008, en Ciudad Universitaria, y en calidad de recién recibida de diseñadora gráfica, asistí a su taller de serigrafía artesanal sobre tela. Y una particularidad que me impactó fue su generosidad para compartir sus conocimientos y la buena predisposición para con todos los alumnos. Pensé, quizás, que en esos tempranos años de mi primera profesión, Andrea fue mi referente sin saberlo, ni ella, ni yo.  Fue en ese instante, frente a la pantalla, que até cabos en mi mente y recordé cuando decidí montar mi propio taller de encuadernación en mi casa. Sin embargo, de eso no le comenté nada.

 

Cuando mi ansiedad y mis nervios iniciales se disiparon, le mencioné el antiguo encuentro en FADU y su cara se iluminó al recordar esos talleres dictados en las aulas del subsuelo. Fue en ese momento que caímos en la cuenta de cómo eso formaba parte de un pasado que ahora se veía muy lejano, ajeno y extraño. El sólo hecho de pensar en varias personas reunidas en un lugar cerrado compartiendo una mesa comunitaria, herramientas y pasándose un mate, parecía de ciencia ficción.

 

Según sus propias palabras, tuvo que reinventar su manera de dar clases como también la producción de su trabajo artístico. Respecto a lo primero, migró su contenido de taller presencial a una modalidad virtual ajustando algunos modos y cambiando su punto de vista en relación a la didáctica: “A partir de esta situación, me propuse a enseñar la serigrafía del modo opuesto al que la venía enseñando. Desde la experimentación y desde el error, donde ‘el más o menos es más’ esa es la frase. Son cursos experimentales donde se indaga sobre la imagen. La serigrafía tradicional, como la venía enseñando, hoy en este contexto no tiene sentido”.

 

En cambio, en relación a su quehacer artístico, la situación fue otra.

 

La Paternal, barrio porteño ubicado entre lo que era la zona de monoblocks de Warnes y el cementerio de la Chacarita, fue el territorio ideal para la génesis de un trabajo artístico colectivo llevado a cabo por quince mujeres que obedeció al nombre de Proyecto Trasborde. Pero en el momento de la entrevista aún estaban en plena producción y Andrea no pudo contarme más, excepto el nombre y cómo eran las reuniones virtuales con sus compañeras.

 

“Magia” es uno de los temas del último disco de Gustavo Cerati que, finalizando la canción, dice: “Todo me sirve, nada se pierde, yo lo transformo”. Unos meses después de la entrevista vi una publicación en redes sociales sobre el Proyecto Trasborde. Y lo habían logrado. Quince artistas de La Paternal transformaron ese aislamiento social e incertidumbre artística en un conjunto de pequeñas obras contenidas en una caja de cartón (aquellas que se utilizan para empanadas) serigrafiada por la misma Andrea. Una idea que buscó trasladar la incertidumbre de la soledad hacia un proyecto colectivo. La premisa fue trabajar con materiales simples, a escala reducida, desde el espacio de cada artista, sin presiones, con la idea de compartir y atravesar, de la manera más amable, el confinamiento. Proyecto Trasborde fue eso y mucho más. La propuesta despegó de La Paternal y llegó a su primera muestra virtual en el Museo de las Mujeres de Costa Rica, donde tuvo una excelente y cálida recepción por parte de los virtuales visitantes.

 



Luego llegaron algunas entrevistas y, en noviembre de 2020, pudieron concretar la realización de “El mural de las mujeres”, ahora sí, en las calles de su amado barrio porteño, en el marco de La Gran Paternal. Mujeres representadas por mujeres. Construcción de discursos, historias e imágenes que dejaron en evidencia cómo los vínculos afectivos, empáticos y productivos de esas quince mujeres sortearon la soledad de la pandemia consolidando un colectivo artístico.

 


 

No volví a tener contacto directo con Andrea luego de la entrevista, aunque seguí de cerca su trabajo personal y, sobre todo, colectivo. Proyecto Trasborde superó con creces la instancia de respuesta activa contra la coyuntura inédita de la pandemia, para instalarse en los límites de un campo artístico que, muchas veces, se encuentra en fricción entre lo canónico y lo doméstico. Aunque quizás aquí sea más adecuado sumar la instancia de “lo barrial”.

 

Desde La Paternal hacia el mundo, casi sin salir de casa.

Desde La Paternal todo sirvió, nada se perdió y esa incertidumbre se transformó.

 

Crónica producida en el seminario: Escribir sobre temas de Arte: Instrumentos teóricos y procedimentales. Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras.  Artes

 

martes, 10 de agosto de 2021

Crónica de una Mega Muestra en Tiempos de Pandemia. Por Graciela Marino

 

Crónica de una Mega Muestra en Tiempos de Pandemia

Graciela Marino

 

  El 18 de agosto de 2020, “Paseo de las Artes Pedro de Mendoza” publicó en Facebook: “Convocatoria para artistas consagrados y emergentes, en el Paseo de las Artes. Se llevará a cabo la tercera edición de LUNÁTICA en un espacio de 4000 m2, frente a la Usina del Arte en el Distrito de las Artes de la Ciudad de Buenos Aires. Mega Muestra colectiva de apoyo y promoción de las artes visuales…”  

    Me llamó la atención que fuera presencial porque simultáneamente  señalaba que se podría recorrer con vehículo desde el espacio público, o de forma virtual a través de una plataforma online. Se podría disfrutar desde el canal de Youtube de Anden 2222 con su recorrido virtual, pero su montaje sería en un espacio real, rodeado por la Avenida Don Pedro de Mendoza y las calles Caffarena y Wenceslao Villafañe.   

    Dibujo, Pintura, Grabado, Técnica Mixta, Fotografía, Arte Digital Impreso y Escultura fueron las disciplinas convocadas y la apertura de la convocatoria de artistas se proyectó para el 1 de setiembre.

   Dispuesta a participar porque era la primera convocatoria para una muestra  presencial en tiempos de Pandemia, envié un Whatsapp a mis compañeras del taller de Pintura para que participaran porque era una oportunidad para exponer en forma presencial, después de varios meses de pensar sólo en la forma virtual. No parecían muy convencidas, sobre todo por el temor al contagio del virus.

    Envié las fotos de tres trabajos según las bases y condiciones. De mis compañeras sólo, Nancy Agnello, Nora Erill, Patricia Etchegoyhen, Lila Kowalewski, Marina Parera, Thais Cova Sosa  y Verónica Liendo, fueron de la partida.

   El 19 de setiembre de 2020, me llegó un correo de  “LUNÁTICA” ARTES VISUALES 2020 con el siguiente texto:

LUNÁTICA es una mega muestra colectiva de apoyo y promoción de las artes visuales, que reúne artistas consagrados y artistas emergentes, de carácter inclusivo y solidario. Un espacio único y novedoso de comunicación y encuentro entre artistas visuales y espectadores a través de una muestra presencial con derivación virtual y digital. El Covid-19 ha cambiado de manera mundial nuestras relaciones cotidianas, la manera de encontrarnos, de trabajar, obligándonos a reinventarnos en lo que llaman “una nueva normalidad”.

Pretendemos seguir alentando la cultura y las artes en este contexto de aislamiento social, preventivo y obligatorio a través de las tecnologías. Es por ello que Lunática en esta nueva edición combina el encuentro presencial con las plataformas virtuales.

La muestra se podrá disfrutar desde una plataforma digital, con inauguración y recorrido virtual, pero su montaje será en un espacio real, lo que permite también su recorrido de una manera particular, en vehículo y a pie desde el espacio público. En esta oportunidad, el Paseo de las Artes Pedro de Mendoza, ubicado en el barrio de La Boca frente a la Usina del Arte, será el espacio físico que la contendrá.

     El diseño propio, de 4.000 m2 de espacio cubierto, todo vidriado, propicia el armado de la muestra hacia el afuera, permitiendo el recorrido de la misma desde el exterior, sin necesidad de ingresar a las salas. 

   Al cabo de unos días  me confirmaron que una de mis obras “Bosque helado” había sido elegida. Recibí un correo electrónico donde debía confirmar fecha y hora de entrega de la obra.

   Acordamos con mis compañeras entregar las obras el 16 de octubre y, así, reencontrarnos en forma física. 

     Llegó el día y fue muy emocionante vernos cara a cara, aunque fuera con tapabocas.  

    La avenida Pedro de Mendoza serpentea entre los pilotes de la autopista Buenos Aires-La Plata,  donde se desarrolla la actividad del puerto de Buenos Aires y es muy transitada por camiones. Algunos se detienen en los silos de arena para buscar su carga y después siguen viaje. En toda  esta franja entre las calles Villafañe y Caffarena, que durante años fue sinónimo de abandono, se instaló este espacio que conecta al barrio de La Boca con Puerto Madero. De esta forma, se integró a un polo cultural junto a la Usina del Arte, Fundación Proa, faro contemporáneo del barrio y el Museo Quinquela Martín. 

  Entregué la obra y una grata impresión me causó el lugar y la organización por los cuidados sanitarios. El lugar está todo vidriado y pude comprobar que se podía ver el interior desde las vidrieras que componen  los cuatro bloques.

    Después de la entrega nos fuimos a almorzar a Recoleta, ansiosas por contarnos las experiencias vividas en estos nuevos tiempos. 

 El 27 de octubre de 2020, me llegó un correo que decía:

    Estimados artistas:

Queremos agradecer a cada uno de ustedes por sumarse a Lunática, esta suerte de museo de artistas consagrados y emergentes, en medio de este contexto tan especial que nos toca atravesar. La misma la estamos realizando con mucho esfuerzo, de manera independiente y gracias al apoyo de varias personas que se sumaron al proyecto, cada uno aportando su especialidad, trabajando en conjunto.

Además con Lunática, estamos inaugurando el Espacio Cultural Virtual 2222, que dirigirá la Fundación Cultural Andén 2222 junto a El Paseo de las Artes.

Adjuntamos el Flyer general de la muestra y los de arte + solidaridad. Les haremos llegar a cada uno el suyo de artista lunátic@ (¡tengan paciencia que son más de 600!).

Les compartimos el cronograma del día 31/10:

a) PASEO DE LAS ARTES. RECORRIDO VEHICULAR. (Sin ingreso a las salas)

A partir de las 12 hs. del 31/10  se puede visitar la muestra desde el espacio público: recorrido vehicular/ a pie / a bicicleta.

 El Centro cultural el Puente estará recibiendo alimentos no perecederos, y El Ceibo RSU los materiales reciclables.

b) ONLINE A TRAVES DE: www.fundaciónculturalanden2222.org

19 HS RECORRIDO ONLINE DE LUNÁTICA ARTES VISUALES. Visita virtual por los salones, disfrutando de más de 600 obras de distintas disciplinas: Dibujo, Pintura, Grabado, Técnica Mixta, Fotografía, Arte Digital Impreso y Escultura.

TOUR 360 GRADOS en el espacio “artistas consagrados”. Para disfrutar la obras de: Jorge Melo, Marino Santamaria, Nicolas Menza, Oscar Cesar Mara, Osvaldo Profilo, Daniel Corvino, Eugenio Monferran, Jorge Meijide, Luis De Bairos Moura, Monica Caputo, Milo Lockett, Carlos Carmona, Cesar Fioravanti, Guillermo Mac Loughlin, Jorge Abot, Ladislao Magyar,  Hector Medici, Jorge Dabos, Raúl Ponce,  Mirta Narosky, Rosa Rovira,  Cristina Sikora,  Adriana Omahna, Benito Laren, entre otros grandes artistas.

VISITA PRESENCIAL LUNATICA. A partir del 16/11 se podrá solicitar turno para visitar la muestra, respetando protocolos de apertura de galerías de arte y permisos de GCBA. Enviar solicitud a:

Saludos Cordiales.

#ProducciónGeneralLunática 2020 x

     La apertura de los salones se desarrolló en noviembre y en esa oportunidad pude ingresar previo pedido de turno y entrega del alimento no perecedero, que era condición como moneda de cambio  a beneficio de  la ONG Andamio 2222.  

    Seiscientas obras dispuestas en cuatro salones: El Salón Blanco, para  artistas consagrados, de Fotografía y Dibujo, el Salón de Arte Figurativo y dos Salones de Arte Abstracto y Técnica Mixta  y el Salón de Escultura.

   En el Salón de los consagrados se pueden apreciar importantes artistas como Raúl Ponce, dibujos; Cristina Santander, con su obra digital; Oscar del Bueno, escultura, presenta una obra de la serie  Los Portales, donde delimita un espacio trascendente y un espacio cotidiano; Ernesto Bertani,  con su óleo “A cada chancho le llega su salamín”  inspirada en el popular refrán “A cada chancho le llega su San Martín”,  cuya imagen  hace referencia al hombre y su ambición de sentirse superior, aunque  todo tiene un final, pues la picadora nos hará embutido y seremos comidos por otros. Jorge Alio, que en sus pinturas refleja una influencia muy fuerte del impresionismo francés, ese intimismo tan cercano a la  idiosincrasia de  Buenos Aires.

   El salón figurativo expone obras de artistas emergentes, los Salones de Arte Abstracto y Técnica Mixta comparten el espacio con esculturas.

   Mi obra “Bosque helado”, está realizada en acrílico, con un lenguaje que busca la profundidad,  en la geometría y la perspectiva arquitectónica. El arte me permite ensanchar la expansión del yo, y, en consecuencia, abrirme a  experiencias  acordes con mi ser.

    Lunática fue declarada de interés cultural por la Comisión de Cultura de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y continuará con esta edición hasta el 10 de septiembre del 2021.

     A raíz del fallecimiento de Armando Maradona, el artista muralista Alfredo Segatori, organizador y curador de Lunática,  comenzó a pintar un mural  en homenaje a Diego Maradona, titulado “San Diego del Barrio de la Boca”, frente a la Muestra. 

 Comenzado la noche del 25 de noviembre, la obra refleja el sentimiento boquense hacia Diego.  “Comencé el mural con gran emoción. La idea era realizarlo con él en vida. Ante la inesperada noticia de su fallecimiento, me surgió un gran sentimiento de tristeza, dejé todo y esa misma noche empecé a pintarlo y no paré hasta terminar mi homenaje al gran Diego Armando Maradona”, comentó Segatori.   

   ¿Qué pretendió Segatori al curar esta mega exposición? Quizá lo que afirmó al pintar el mural de Diego,  “Una enorme tristeza” porque el arte, encapsulado a raíz de las restricciones, busca siempre expandirse. De manera que  aceptó ese reto y provocó,  entre disímiles disciplinas y trayectorias artísticas, un diálogo en una instancia en la que nuestra humanidad se vio amenazada en su quehacer cotidiano.  Llamó al arte y obtuvo 600 respuestas,  “Acá estamos”  

   Es un gran esfuerzo organizar esta exposición en estos tiempos difíciles, no sólo por las restricciones impuestas por la pandemia sino por los recursos económicos que requiere.

     El aislamiento social obligatorio desde marzo del 2020,  obligó  a los espacios de arte a cerrar, hasta que comenzaron aperturas con turnos y protocolos a partir de setiembre. Sin embargo, asumir la continuidad de llevar a cabo una muestra presencial, conlleva una serie de retos, tareas y dificultades.  Pero el anhelo de una libertad física y mental dentro de un mundo encerrado pujó por salir y dio como resultado esta atrayente idea que se materializó con excelentes resultados.

 




 


Crónica producida en el marco del Seminario: Escribir sobre temas de arte. Instrumentos teóricos y procedimentales. Prof. Carla Ornani. Julio de 2021

Facultad de Filosofía y Letras, Carrera de Artes, UBA.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La China, el tiempo y la academia. Por Patricia Musset

                                                    La China, el tiempo y la academia

Patricia Musset

En el principio fue una noticia vaga, difícil de ponderar, acerca de una cierta enfermedad novedosa, que había aparecido en la remota China, un lugar cuyo nombre trae aun hoy ecos legendarios. Algo ocurría, muy lejos de Buenos Aires. Pero esta vez, ese mal misterioso, como una inmensa nube oscura que va ocultando el sol, cubrió, inexorablemente, a todos y cada uno de los habitantes del mundo.

En marzo de 2020 —tarde según algunos, porque la brutal nueva gripe ya se había extendido a decenas de países— se produjo la aceptación oficial por parte de la Organización Mundial de la Salud: estábamos ante un problema de dimensiones inauditas. Declararon una pandemia, la primera después de casi cien años. De este modo, con todo tipo de recomendaciones de epidemiólogos y científicos, internacionales y locales, se fueron dando las dispares decisiones de los gobiernos, con acatamientos intermitentes, aquí y allá, de las nuevas normas de conducta social y los conteos de enfermos y muertos a toda hora, por todo el planeta.

A principios de enero, en mi ahora lejano empleo en una agencia de viajes, empezamos a recibir noticias cada vez más inquietantes: comentarios de pasajeros, rumores, datos sueltos. Pronto llegaron algunos cierres de aeropuertos y ciudades lejanas, con las consiguientes cancelaciones de vuelos y servicios, que, de a poco, afectaban a todos los destinos. Se generaban muchas conversaciones en la oficina, en un grupo y otro —como en la familia, en la calle, en los teléfonos celulares— que tenían, sin embargo, mucho de invención.

— Esto va a pasar más rápido que la crisis del 2001 —escuché decir a uno de los directores de la empresa, un profesional del turismo de toda la vida— Es solo una nueva gripe, que China exagera para contrarrestar las protestas en Hong Kong.

— ¡Pero sí! Seguramente es otra maniobra de los comunistas; lo de las Torres fue gravísimo... y sin embargo la gente en pocos meses empezó a viajar de nuevo. Tenemos que pensar en algo similar a lo que hicimos en 2001, por si fuera necesario mantener el flujo de caja por un par de meses —le respondió el gerente de aéreos.

Las teorías, las conjeturas, las bromas, se multiplicaban, pero nada, o casi nada de lo que pensamos entonces se parece a lo que sucede.




La comunicación oficial emitida en domingo, de que nuestras actividades académicas se volvían virtuales, fue difícil de entender por completo: ¿qué estaba pasando? Pero, sobre todo, era imposible imaginar cómo sería lo que vendría. Vertiginosamente, el mismo lunes 16, en las empresas empezaron a imponer el 'teletrabajo', y el siguiente 19 de marzo, a las 21.17 hs., el gobierno nacional anunció, por primera vez, el «aislamiento social preventivo y obligatorio». Todo aquel que no tuviera una actividad designada como esencial debía permanecer en su casa.

En ese instante, y sin saberlo, cruzamos un umbral y se abrió, para todos, una nueva dimensión temporal. Asunto difícil de abordar el del tiempo. Desde siempre intentamos pensarlo, y desde siempre fallamos, con definiciones incompletas, imprecisas, o que no explican nada. El tiempo es ¡tan propio y tan ajeno! Y ahora sabemos que es aun más difícil de comprender cuando lo organizan sucesos como los provocados por una pandemia.

Un profesor de filosofía política solía decir en sus clases introductorias sobre Hegel, que el gran pensador alemán medía en semestres el tiempo de su matrimonio: los semestres que duraban los cursos de filosofía que dictaba, en su paso como docente por varias universidades. Tal vez era solo una broma o una exageración, con la que intentaba mostrar, en un solo trazo, que a Hegel le importaba más la filosofía que su propia vida. Sin embargo ahora, en retrospectiva, pienso que el profesor Dotti me legó, con este mínimo dato biográfico, algo más importante: develó un recurso para pensar en el tiempo de otra forma, una forma que incluya esas relaciones inestables entre su transcurrir y su medida, los sentimientos y los hechos, las pasiones y las obligaciones.


Aunque el oficio de las ciencias humanas es solitario, los grupos de estudio hacen que la vida académica se vuelva más rica y mejor. En una videollamada por Whatsapp con mi amiga Victoria, en mayo o junio de 2020, charlando sobre la vida, le pregunté por su investigación de doctorado, temiendo que estuviera estancada. Ella trabaja en un equipo grande (al menos para los estándares de la filosofía) dedicado a un filósofo muy influyente.

— Voy bastante bien, considerando todo el trabajo que tengo con la casa ahora —dice— Creo que ayuda el que, desde que empezó la pandemia, nos reunimos cada vez con más frecuencia; eso me obliga a preparar cosas, a enfocarme y dedicarle tiempo a mi investigación.

Acomodó mejor el celular y siguió, riéndose:

— ¡Es increíble! Todos están ansiosos y felices de verse para hablar de filosofía, aunque sea así, de lejos. Hasta algunos integrantes históricos, que mucho no venían a las reuniones en Puan, se suman. Lo viven como un momento de alegría. Gabriel, el que se dedica a temas nuevos y está bastante solo en su investigación, contó el otro día en el Zoom que le da impulso para sus cosas, y varios reconocieron que les pasa lo mismo.

Con el grupo de traducción nos reunimos desde hace muchos años al menos dos veces cada mes, sin interrupciones por calendarios formales. Si bien somos todos de la misma facultad, el grupo se conformó con personas muy diversas, y después de las bajas usuales del primer año —por pérdida de entusiasmo, por exceso de ocupaciones, o por los mil motivos que pueden llevar a alguien a dejar una actividad tan singular como la traducción grupal de textos medievales— la diversidad se concentró más entre los que quedamos: procedencias, intereses, edades, creencias, en fin, cada uno es un mundo distinto. Aunque, claro, hay por lo menos dos cosas, muy importantes, que nos unen, además del amor por el latín: una inagotable curiosidad por todo, y una manera caótica de aproximamos a nuestra tarea... y también, si lo pienso mejor, a la vida en general.

De manera que, a pesar de las diferencias y del ritmo de trabajo que nos imponemos, siempre le dedicamos tiempo a hablar de lo que nos pasa en la vida. Y el COVID-19 nos llamó la atención. En enero de 2020, apenas supimos lo de Wuhan, empezamos a hablar del tema. No sé bien por qué pero, de inmediato, lo que estaba ocurriendo con esa especie de gripe que se propagaba rápido y que los chinos enfrentaban con cuarentenas masivas, nos lanzó a toda clase de discusiones, porque, como siempre nos pasa, cada uno tenía un punto de vista distinto. Mientras dos decían, con firmeza, «esto es todo un engaño», los tres restantes éramos más cautos, aunque tampoco coincidíamos del todo entre nosotros. Sobre todo Emma, que viaja mucho a Alemania para ver a su hermana y sobrinos, de inmediato vio problemas en su horizonte: «los aeropuertos van a ser más insoportables todavía, si ahora tienen que agregar controles de salud». Gloria, en cambio, que también viaja mucho por sus clases e investigaciones, opinaba que hay cosas que China puede manejar de maneras que Occidente no puede, así que restringir los viajes le parecía algo difícil de imponer.

— No sigamos con esto, es imposible —dijo Emma en la tercera o cuarta reunión virtual.

Estábamos los cinco luchando por encontrar una cita de Tito Livio, mientras Zoom se volvía a caer, porque habían pasado los cuarenta minutos gratuitos. Tardamos unos minutos en conectarnos de nuevo todos; la amarga declaración de derrota nos había


golpeado, porque era un sentimiento que venía teniendo secretamente cada uno, pero ninguno había declarado.

— No podemos dejar el libro por la mitad —dijo Mercedes, suplicante— ¡Sigamos, por favor!

— Tal vez quieran esperar a que pase la pandemia y retomamos —dijo irónicamente Boris.

Ponerlo en palabras fue determinante. Nos dimos cuenta de que no estábamos dispuestos a dejar los proyectos. Solo teníamos que encontrar la manera. ¿Y otra plataforma? Simplemente. Lo discutimos un rato, y a Mercedes, que es una gran gamer, se le ocurrió que no era indispensable vernos. Solo hacía más incómodo el manejo de diccionarios, textos comparados y demás herramientas. Así que nos pasamos a Discord, donde tenemos reuniones con excelente calidad de audio y un chat, para escribir lo que haga falta, que nos da mucha flexibilidad. Ahora mismo, menos de un año más tarde, estamos llegando al final de la traducción, y a punto de empezar con el siguiente texto de la colección.

Con el grupo de estudios filosóficos, en cambio, nos reuníamos una sola vez por mes, a veces menos, desde hace varios años. Eso nos permitía preparar la lectura de los textos a discutir y atender todas las demás actividades personales. Además, habíamos tenido que adaptarnos a que el director del proyecto, por su mudanza al interior del país en 2018, coordinara las reuniones en función de sus frecuentes viajes a Buenos Aires. Quizás porque es un grupo más homogéneo, quizás porque las presiones —tanto las individuales como las del mismo equipo— pasaban por cosas más urgentes, o tal vez porque el verano de 2020 decidimos tomarlo como descanso, la cosa es que en ese grupo hablamos muy poco de la pandemia. Antes de las medidas de aislamiento obligatorio, casi no tocamos el tema, y así seguimos después.

Sin embargo, eso no hizo que fuera más fácil adaptarnos a lo nuevo. Nos organizamos rápido, tal vez porque el director es un tipo muy práctico: arrancamos, virtuales, en marzo, por Meet. Las primeras reuniones fueron bastante caóticas, porque tuvimos que aprender que la virtualidad no permite conversaciones tal como las conocíamos. Todo iba bien mientras alguien leía o exponía y los demás escuchaban, pero apenas surgía una pregunta o comentario, todo se volvía ininteligible. Igual, pensábamos todos, es por unos meses...

A pesar de las cuestiones técnicas, por primera vez en la vida del equipo, empezamos a tener reuniones más frecuentes, cada quince días. Probamos varias plataformas y vamos cambiando, nos sigue desesperando la baja de intensidad de la señal, pero en estos largos meses salieron publicaciones; se completaron los dos proyectos que estaban en marcha y se confirmó uno nuevo, con libro y jornada internacional en preparación para septiembre; un compañero se doctoró y otro obtuvo una maestría. Nadie falta a las reuniones, esté donde esté. Surgieron participaciones de algunos de los integrantes del equipo en charlas y seminarios en Turín, Porto Alegre, México o Praga, a las que todos nos conectamos, casi como una hinchada. La vida virtual tiene esta posibilidad de ubicuidad.

— Es que consolidamos un equipo imbatible, las circunstancias nos fortalecieron —dice la codirectora de los proyectos.

— No te agrandés, tal vez sea solo desesperación —dice el director, serio y sin ironía alguna.


Las cursadas son otra cosa. Cursar una materia a distancia, mirando una pantalla, es una experiencia cambiante, tanto para los alumnos como para los docentes. Es que la vida de las aulas, la del patio central, la de las bibliotecas, y, hay que decirlo, la vida en los bares de los alrededores, es difícil de comparar con la virtualidad.

Por suerte desde hacía algunos años se había empezado a utilizar, aunque sin concitar grandes entusiasmos, un campus virtual. Hasta el momento, se había usado, más que nada, como una especie de reservorio de bibliografía digital para muchas materias, y aunque estaba abierto a todas las cátedras de todas las carreras, solo algunas hacían algo con esa herramienta. Pero para este giro de la suerte, el campus fue un gran aliado porque, quién más quién menos, ya lo sabíamos usar; se agregó el aprender aceleradamente a manejar, lo mejor posible, toda clase de herramienta virtual, todas con marcas en inglés: Zoom, Meet, Teams, Jitsi, Skype, YouTube, GoogleDrive, WeTransfer, y un largo etc.

Las anécdotas se acumulan. En el segundo cuatrimestre del 2020 se supo que la titular de una materia (¿por las redes? ¿confió en alguien que no guardó el secreto? no pude precisar la fuente) tenía fobia a las cámaras. Fobia a las cámaras y a las grabaciones. Como es una materia que se dicta una sola vez por año calendario, la cátedra no tuvo más remedio que resolverlo, así que recurrieron a varias estrategias. Los teóricos se cargaban en el campus virtual cada semana, puntualmente, por escrito; teóricos enriquecidos por el trabajo adicional que la profesora hizo, compensando en algo la ausencia de contacto. Los ayudantes dieron buenos prácticos virtuales sincrónicos, cada uno en su campo de especialidad, que además quedaban grabados; así, una de las profesoras, que quedó inmortalizada arreglándose el maquillaje cuando la cámara ya había empezado a grabar, nos dijo en la primera clase: «¡Nunca pensé que iba a pasar: por fin soy youtuber!».

Los idiomas fueron otra fuente de incidentes variados, dada la naturaleza del trabajo. Por tomar solo un ejemplo: una de las profesoras, en el Meet de la semana, para justificar la horrible calidad del texto en pdf que penosamente ofrecían para usar, no pudo contenerse y, casi al borde de las lágrimas, contó que tuvieron que resignarse, después de discutirlo mucho, al tortuoso proceso de escaneo de todo el material, buscando el mejor ejemplar entre los personales, todos muy gastados. Es que muchos de los textos que usan las cátedras se venden en la oficina de publicaciones de la facultad, que cerró a cal y canto en marzo de 2020 y nadie tiene acceso a nada de lo que hay allí.

En las clases prácticas de una materia clave de la carrera, en el primer cuatrimestre virtual de cursadas de nuestras vidas, tuvimos al hijito de la profesora en pantalla, buscando, lloroso, un libro junto a su mamá; a un compañero, que dejó su micrófono abierto sin darse cuenta, conversando por la ventana con un vecino; a una compañera que lamentó, conmovida, no poder compartir con nadie el mate. En la virtualidad las cosas de todos los días se confabulan para mostrarse inadvertidamente y en las pantallas apareció de todo: el que pasa en pantalón corto detrás del que habla, una voz infantil que pide algo, la pared blanca que se oscurece o la puerta de calle que se abre; lo que no debería verse está justo ahí, sin consentimiento alguno del usuario; se siente como si los objetos reaccionaran a la invasión constante de sus espacios, esos en los que antes se mantenían libres de presencias por al menos algunas horas al día.


Como en el relato sobre Hegel, me descubro a mí misma pensando esta pandemia en raros bloques de tiempo, relativos a la duración de acciones y pasividades, dentro de un marco invariable de quietud general: los tres cuatrimestres con un verano en medio de las cursadas; el semestre que duró el trabajo remoto para mi empleo de muchos años, hasta perderlo; los trimestres de las estaciones —va una primavera y un verano, dos otoños y casi dos inviernos—; los bimestres de los parciales; los meses de pagar las cuentas; las semanas de cargar heladera y despensa; el eterno período casi ininterrumpido de ausencia de lo presencial, como le decimos ahora.

Se trata de seguir, con terquedad, en este viaje, que se ha vuelto extraño, un viaje de ensimismamiento, a la vez que de descubrimiento. ¿Se puede decir que como todos los viajes? Tal vez... sí, se puede; pero este es inaudito, porque es un viaje inmóvil: es difícil y engorroso desplazarse, y gran parte de lo que es más humano se juega, paradójicamente, en las posibilidades que ofrece la tecnología de la comunicación.

Y esto me lleva a pensar en uno de los problemas relativos al tiempo, de lo más extendido durante este período: circula una curiosa certeza de que se pueden hacer más cosas que las que hacíamos antes, aunque se trate de cosas nuevas y distintas. Un engaño que tal vez provenga del esfuerzo invertido en reprimir algunos pensamientos, con la intención de llenar cada instante de obligaciones que mitiguen las preguntas y los temores, de acciones que aplaquen la incertidumbre.

Necesariamente, esa manera de ver el tiempo se combina con otra, la de la urgencia, y ambas se potencian. Porque como me explicaba en una charla del verano, mi amiga Lucía, profesora de psicología en Lomas de Zamora, mientras la pantalla la mostraba sujetando, fuerte, con las dos manos, una enorme taza roja llena de café: «Lo que ocurre es que cada vez que pasa algo así, todos suponen que las cosas van a volver a ser como antes muy pronto, todos confían en que es un esfuerzo momentáneo, es como una negación protectora», decía mientras me miraba seria, un poco triste, «y lo que pasa, en realidad, con todas las catástrofes, es que nunca nada vuelve a ser igual».

La creencia de que se vuelve a lo anterior, aunque solo tomemos, en el recorte que intenta esta crónica, la vida académica, no se confirma: ya van cuatro cuatrimestres de cursos virtuales (incluyendo los de verano), y el próximo está asegurado con el mismo formato. A esta altura de los acontecimientos, se empieza incluso a afianzar lo que me advertía Lucía: habrá cambios. La universidad está considerando pasar a un sistema nuevo, en el que, sin dejar de tener las clases y actividades que hubo siempre, haya una oferta concreta de espacios virtuales permanentes.

De nuevo, el tiempo. Solo su paso dirá si los cambios propuestos van a ocurrir, si van a durar, qué formas van a tener en la práctica, cómo y con qué recursos materiales se van a implementar. Hoy, a más de un año y medio de la irrupción del COVID-19 en nuestras vidas, hay momentos en que el cambio profundo que nos trajo a lugares desconocidos y que todavía estamos explorando —dentro y fuera de nosotros mismos—, este vivir en pandemia, nos parece irreal. Tan irreal como aquellas crónicas sobre imperios, inventos, épicos viajes y sabios venerables que Marco Polo trajo de China.



Crónicas del tiempo detenido

Seminario "Escribir sobre temas de arte"

Prof. Carla Ornani

FFyL, UBA, julio 2021

martes, 3 de agosto de 2021

Un mural para quedarse. Por Viviana Vallejos

 

UN MURAL PARA QUEDARSE

Viviana Vallejos

 

 

“General La Madrid limita al norte con Daireaux, al noreste con Olavarría, al este con Laprida, al sudeste con Coronel Pringles y al oeste con Coronel Suárez”, dice Wikipedia. Nunca estuve en esa localidad del sur de la Provincia de Buenos Aires  - y del resto de las nombradas por la enciclopedia online solo conozco a Olavarría - , pero,  Silvia Lucero nació y se crió en ese punto del mapa bonaerense (ella lo nombra mi pueblo) y prácticamente no salió de ahí hasta que tuvo edad suficiente para largarse a la capital a estudiar en la universidad. Y así fue que llegó a La Plata hace más de una década, de la que también se fue rumbo a la Capital Federal con un título de Licenciada en Artes Plásticas bajo el brazo. Mientras hizo las veces de porteña —aunque la tonada la lleva tatuada en la voz— vivió en departamentos, trabajó en museos, participó en muestras, ganó concursos de pintura y hasta tuvo sus minutos de fama en los noticieros y el mundillo del arte local: su estatuilla de yeso de la Virgen María (María Abortera) con el pañuelo verde pintado en su rostro fue un símbolo fuerte de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal.

 

Pero un buen día del año pasado, en plena pandemia, sacó los pasajes, hizo las valijas y con su novio (también lamadritense) se tomó el micro que la dejó, otra vez, en su pueblo, a 450 kilómetros del centro porteño. Fue en diciembre, dice, para Navidad, y todo empezó con la expectativa de siempre: quedarse un mes, pasar las Fiestas, agregarle a eso unos días más y después volver. Sin embargo, el tiempo detenido de la pandemia le trastocó los planes y le cambió el rumbo a sus proyectos. El árbol de Navidad, los fuegos artificiales de Año Nuevo y los zapatitos de Reyes se fueron y ella no regresó a la ciudad de la furia. Para entonces llegó la temporada de Carnaval y le hicieron una propuesta que no quiso rechazar: el secretario de Cultura le encargó un mural para los festejos del aniversario de La Madrid. “Como porque no iba a haber corso, una fiesta que acontece todos los 14 de febrero, se iban a hacer algunas intervenciones artísticas en las calles y me preguntaron si me interesaba”, dice. Le pidieron, entonces, un boceto de lo que quería pintar, y , además,  que presentara un presupuesto para los materiales y demás gastos. “Pedí un cañón porque en lugar de dibujar quería proyectar la imagen del boceto para arrancar, y pedí una escalera, algo básico”. Acordó, además, un trabajo terminado para la fecha del aniversario.

No conozco La Madrid más que por su nombre, como ya dije. Mientras Silvia me contaba a la distancia y por Whatsapp sobre su trabajo, la curiosidad apareció como una picazón. Busqué en Internet imágenes y la primera que se presentó fue como un prólogo: el arco de ladrillos grises de la entrada, que se extiende por encima de la línea recta de la ruta 86. Su letrero anuncia el nombre de la localidad en imprenta minúscula sobre un fondo turquesa, y unas aves geométricas algo cubistas y coloridas se dibujan en cada extremo. También en la búsqueda apareció un edificio: una estación de tren antigua, con tejas rojas y puertas verde inglés. Y un balneario municipal bordeado por el arroyo Salado, que por el modo en que fue tomada la fotografía me recordó a Tarde de domingo en la isla de la Gran Jatte, la pintura de Georges Seurat, excepto que en esta foto no había personas vestidas como en el siglo XIX sino en shorts y musculosas.

“Había calculado tardar dos semanas”, dice Silvia. En ese lapso de tiempo fue todas las mañanas —con una mochila que contenía su termo caliente y su mate—, incluidos sábados y domingos, y trabajó alrededor de diez horas por jornada. “Me dejaron elegir la pared y, en principio, me había gustado una en el Barrio Chino, mi barrio, de atrás de la vía. Pero justo esa no tenía techo y no se sabía bien si tendría futuro o si la tirarían abajo. Entonces encontré otra a dos cuadras de la casa de mis viejos: lisa y perfecta para pintar”. Durante esos días se quedó a dormir en la casa de su infancia: “Me armé un carro con rueditas de aluminio, de esos para cargar bolsos y ahí tenía mi caja de pinturas (diez latas de un litro), una paleta, varios tarritos, agua, pinceles, trapos y una cartuchera”. Y agrega: “Le pedí a la vecina de enfrente si me dejaba por favor guardar la escalera para no tener que llevarla y traerla todos los días”.

 

Silvia es una artista que revisita los íconos religiosos en clave pop y en sus pinturas incorpora, además, resonancias de la lucha política de los últimos años. Tiene una serie basada en los óleos de Cándido López sobre la Batalla de Curupaytí en la que narra la represión de la toma del Parque Indoamericano, y otra sobre escenas icónicas de las revueltas populares de Latinoamérica, como las que se vieron en Bolivia frente al golpe o las manifestaciones estudiantiles y el estallido social en Chile. Para pintar este corso primero se acercó una noche a hacer la proyección que fue el paso inicial para la materialización de su mural. “Hice el dibujo, lo abrí en una computadora conectada al proyector y marqué en la pared , con el pincel,  todas las líneas. Después seguí pintando sin proyectar, solo me guié por las fotos originales y el boceto”. La técnica que utilizó la trajo de un campo afín y suele usarla con regularidad: “Sé que lo usan mucho los hiperrealistas, porque de ese modo copian hasta el último detalle de la foto proyectada. Pero hay un documental que se llama El maravilloso secreto de David Hockney en el que este artista cuenta su teoría sobre cómo ya en el Renacimiento los artistas usaban la cámara oscura para proyectar, y fue ahí cuando descubrieron cómo representar el espacio a través de la perspectiva”.

 

En el mural de Silvia hay una serie de protagonistas: una niña con espuma de carnaval; un hombre con traje azul de soldado de otras épocas; un muchacho con una mochila y una remera del Gauchito Gil; una persona disfrazada de anciana con una pollera que le llega a los pies y un pañuelo que le cubre la cabeza; una carroza en forma de avestruz que asoma desde el fondo. Le pregunto si estas imágenes provienen de su imaginación y me responde que no. “Si hubieras venido alguna vez a un corso de La Madrid te hubieras dado cuenta enseguida. Para hacerlo pensé en cómo los recordaba de chica: la imagen que tengo es la de un amontonamiento de gente con mascaritas, personas disfrazadas de señora, unas figuras extrañas que pasaban rápido y en simultáneo y hasta me daban un poco de miedo”. La idea principal era agregarle a ese corso de mural un poco de drama. La mascarita que está en primer plano, que tiene la remera del santo popular, es la que simboliza los corsos del Barrio Chino que tantas veces vio. “A ese personaje no lo saqué del corso, pero sí al resto: los tomé de unas fotos del carnaval real. La gente que había participado se reconocía y mientras lo estaba pintando algunos se empezaron a contactar y avisarse entre sí”.

Finalmente, el municipio organizó una especie de corso ambulante para los festejos de los 131 años de General La Madrid. La gente salió a sus veredas para verlo pasar y de esa manera cuidaron la distancia social y no se amucharon en las calles. Mientras eso pasaba, Silvia debía terminar de decidir sobre su destino. Si quedarse o volver, como dice la canción de The Clash. “Nos instalamos en una casita de dos ambientes que está en la entrada del campo de mis suegros. Desde la silla de la cocina donde nos sentamos se puede ver el amanecer, y en la otra ventana de la pieza, todo el cielo cuando atardece. Esas cosas nos gustaron y la idea de vivir acá fue creciendo. Sobre todo si pensábamos que el año pasado estuvimos encerrados todo el año”.

Cuando la tarea titánica del mural ya había terminado, el secretario de Cultura volvió a tomar contacto con ella pero esta vez le ofreció armar y dictar un taller de pintura para chicos en el Complejo Cultural. “Me salió un laburo y dije: me quedo”, explica. Solo le restaba renunciar a los cargos docentes que tenía en capital, abandonar su vida artística porteña que había quedado en suspenso, traer el resto de los muebles y oficializar la mudanza.
Por mi parte, mientras terminaba de escuchar los mensajes de Silvia, miré unas más fotos de ese último Carnaval sin corsódromo: había una carroza con la forma topográfica de General La Madrid, moños de tul que adornaban los perímetros y unas luces que iluminaron los tres números del cumpleaños. También había una de unos muñecos: futbolistas, tenían la camiseta de la selección argentina y paseaban por las calles
, contentos y divertidos, montados a una moto. Entre los dos llevaban una enorme jeringa con el nombre Sputnik V.

 

 

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS

Licenciatura en Artes Audiovisuales

Seminario: "Escribir sobre temas de arte: instrumentos teóricos y procedimentales" Docente: Carla Ornani